Cali, 10 de agosto: la crónica de un terremoto vivido a 8.000 km de distancia
Eran las 2:34 de la
tarde en España, exactamente las 14:34. Cinco minutos antes estaba con mi
hermana, mi cuñado y mis dos sobrinos compartiendo el almuerzo. Valencia ardía
de calor; había llegado acalorado de visitar el acuario, aunque esta vez no
pensaba entrar, así que decidí ir a buscarlos para comer juntos. De camino le
envié una fotografía a mi madre, la foto de una persona especial para que la
conociera. Pero era muy temprano en mi ciudad, Cali, Colombia, y mi madre no
suele despertarse tan pronto, a menos que algo extraordinario esté pasando o mi
abuelo la despierte. En este caso, (lo extraordinario y nada agradable) estaba
a punto de comenzar.
Terminé de comer y vi
que mi madre ya había leído el mensaje. Me pareció extraño, pero no pregunté
nada. Cuando volví a mirar el teléfono, tenía una llamada perdida de ella.
Intenté devolverla y no había señal. Pensé que se había ido la luz o que se le
había descargado el celular. Eran las 14:34 cuando vi esa llamada.
Dos minutos después
me llegó un mensaje de una amiga por WhatsApp: "aquí tembló". Entré a
Google de inmediato y ahí estaba: 6.5 en la escala de Richter. Me asusté, se lo
dije a mi hermana, le escribí a mi hermano. A mi madre no le llegaban los
mensajes. Empecé a buscar cualquier forma de comunicarme, y casi veinte minutos
después supe que estaba bien. Pero en esos veinte minutos las redes sociales ya
se habían llenado de videos: el caos, edificios caídos, apenas estábamos
empezando a entender la magnitud de lo que pasaba. Nos contaban que había sido
una pesadilla, que fue demasiado fuerte, que creyeron que era su último día, que
nunca habían sentido algo así.
Porque ya no era 6.5.
Era 7.5. Y ahí empezó todo: el caos, el dolor, la angustia, la desesperación,
la zozobra, los gritos, el llanto, las líneas colapsadas. Se fue la luz, se fue
el agua, se fue el gas. La gente corría. Las redes se llenaron de videos desde
distintos puntos de una tragedia que todos sabíamos posible, pero que nadie
esperaba de esa forma, un lunes cualquiera, camino al trabajo, a la casa, o en
la panadería cobrando el pan, desayunando en casa o durmiendo, esperando que
fuera un día más. El epicentro fue en Chocó, pero se sintió como si hubiera
sido en cada hogar, cada oficina, cada colegio.
Podría extenderme
contándoles todo lo que empezó a sentir mi alma. Mi familia ya se había
reportado, mis amigos también estaban bien, las personas que me importaban
estaban sanas, sin nada grave que lamentar. Pero Cali había sido golpeada como
no lo había sido en muchísimos años. Mi primer pensamiento fue solo Cali, hasta
que entendí que Pereira también estaba fuerte con el tema, que Chocó tuvo su
propio epicentro, que Armenia y Manizales también sufrieron, y que el Valle del
Cauca entero quedó en shock con el paso de los días: Buenaventura, Dagua, y
tantos municipios alrededor. El lunes se convirtió en dolor, en angustia, y
también en algo de esperanza. Las redes sociales se movilizaron, los
influencers se movilizaron, los vecinos se movilizaron, otras ciudades y otros
países se movilizaron. El gobierno... digamos que ahí hay una parte de rabia, o
lo que muchos llaman estupidez humana de algunos que se hacen llamar
gobernantes. Pero eso se lo dejo a quienes disfrutan hablar de política, porque
hay cosas que sabemos que en nuestro país no van a cambiar. Pasan gobiernos, de
derecha, de izquierda, de centro, y al final muchos se parecen demasiado:
aprovechan este tipo de situaciones para creerse dueños del mundo, cuando en
realidad somos nosotros quienes, sin darnos cuenta, terminamos siendo
espectadores de sus acciones. En fin, políticos.
Mientras se acercaba
la noche, mis amigos y mis contactos de WhatsApp, además de las redes,
mostraban todo el dolor y la angustia que se estaba viviendo. Un toque de queda
que nadie entendía del todo, pero que igual llegó. Mensajes que decían "no
puedo dormir", "tengo miedo", "hubo otra réplica",
"esto es un caos", "tengo ansiedad", "esto va a ser
difícil de superar". Esos eran los mensajes que me llegaban a mi cuarto, a
más de 8.000 kilómetros de mi ciudad, sin poder hacer más que escuchar y
compartir lo que necesitaban. Y pensar que apenas seis días antes había estado
a punto de volver. Ese "tal vez me habría tocado" se volvió real. O
tal vez habría estado ayudando, transportando, recogiendo escombros, siendo
parte de algún apoyo humanitario.
Mi Cali sufrió. Y va
a ser más difícil de superar que cualquier desamor, lo digo pensando en quienes
lo vivieron en carne propia, en quienes tendrán que aprender a vivir con el
dolor de haber visto por última vez a alguien querido: un padre, una madre, un hermano
o una hermana, un sobrino, un tío, un abuelo. Porque mientras escribo esto, los
datos siguen siendo desalentadores: el balance reportado habla de 287 personas
fallecidas, 4.147 heridas, 194 desaparecidas y 355 rescatadas, con información
de Medicina Legal actualizada hasta las 10:27 a.m. El temblor afectó a 15
departamentos y 472 municipios, impactando a más de 120.000 familias y cerca de
186.000 personas. Se reportan más de 127.000 viviendas dañadas, más de 26.000
destruidas y 197 edificios colapsados, junto con cientos de centros de salud,
educativos y comunitarios afectados. También hay daños graves en vías,
acueductos, puentes y aeropuertos, y hasta la fauna sufrió las consecuencias:
cientos de animales rescatados y otros tantos aún en riesgo. (Cifras según el
sitio web Espacio Diario, sujetas a actualización.)
A 8.000 kilómetros,
muchos lloran, hacen videos buscando respuestas, sienten desesperación y hasta
desconcierto. "¿Vale la pena estar tan lejos de tus seres queridos por un
peso de más?", leí en alguna publicación. Y al mismo tiempo, las redes de
los colombianos se convirtieron en canales de información y ayuda. Las noches
se volvían eternas viendo transmisiones en vivo, personas con ganas de ayudar y
sin saber cómo. Se armaron grupos, se enviaron equipos, camiones, y se tejieron
cantidad de relaciones nuevas con un mismo propósito: ayudar y sostener la
esperanza en medio del dolor.
Leí un mensaje que
decía algo así: "mi familia está bien, pero ¿cómo te digo que mi familia
no está bien?". Podría decir que vienen tiempos difíciles, pero solo con
leerlo ya se siente desolador. Solo quienes lo viven saben lo duro que va a ser
el camino. Por eso hace falta todo lo que pueda rodearlos: psicólogos,
terapeutas, guías espirituales (no sectarios), ingenieros, maestros, pediatras,
y sobre todo, gente con empatía. Y aquí quiero hablarles también a los
empresarios, a quienes tienen negocios grandes o pequeños: este es el momento
de apoyar más de lo que a veces creemos que ya estamos apoyando.
Y quiero decir algo
más, porque lo he visto y lo he escuchado mucho estos días: también les hablo a
los emprendedores, a los que tienen una tienda pequeña, un producto propio, un
servicio que ofrecer, y que ahora sienten pena, casi culpa, de seguir mostrando
lo que hacen en medio de tanto dolor. Lo entiendo, y también quiero decirles
con cariño que no tienen que apagar su negocio para tener corazón. Ustedes
también tienen familias que sostener, cuentas que pagar, sueños que no se
detienen porque el mundo esté sufriendo. La empatía no es dejar de vender: es
vender y ayudar al mismo tiempo. Se puede anunciar un producto y, en el mismo
aliento, destinar una parte de esa venta a quien lo necesita. Se puede seguir
trabajando y, aun así, tender la mano. No hay nada egoísta en seguir adelante;
lo egoísta sería pedirles a otros que se detengan mientras nadie les ayuda a
sostener lo suyo. Sigan mostrando lo que hacen, sigan vendiendo, y si pueden,
que una parte de ese esfuerzo llegue también a quien hoy lo necesita. Eso
también es una forma de amor.
Una semana después
del caos, todavía siguen buscando personas, removiendo escombros, ayudando a
pueblos y ciudades enteras, buscando consuelo en pequeñas acciones. Y hay algo
que también quiero nombrar: muchos, sin haber perdido nada material, cayeron en
ansiedad y en tristeza profunda solo de ver, de escuchar, de sentir tan cerca
el dolor ajeno. Y quienes están en primera línea, los que llevan días completos
en labores de rescate, quienes no han parado de ayudar, también se están cansando,
también se están quebrando por dentro, aunque no lo digan. Si eres una de esas
personas: está bien parar un momento. Está bien pedir un abrazo, está bien reír
aunque parezca que no es el momento, está bien dormir tranquilo aunque el
cuerpo se sienta culpable por descansar. Cuidar tu mente también es una forma
de seguir ayudando, porque nadie puede sostener a otros si primero se está
desmoronando por dentro.
Es el ambiente actual
de una ciudad alegre, audaz, echada pa'lante, con el espíritu intentando respirar
y el alma todavía arrugada, con el corazón sin saber bien qué viene, porque
muchos se quedaron sin empleo, sin techo, sin familia, sin el apoyo que tenían
antes de aquel 10 de agosto de 2026.
Se rompió algo, sí.
Se cayó no solo infraestructura, sino sueños, planes, el "te quiero",
el "te amo", el abrazo pendiente, el "te extraño", el
"pronto", el "tal vez", el "algún día", el
"en estos días", el "puede ser", el "esperemos a
ver", el "si Dios quiere", el "si todo se da", el
"en un futuro", el "próximamente", el "se vienen
cositas", el "dejémoslo para luego". Los mensajes guardados en
la lista, los escritos en notas, los guardados en TikTok e Instagram para
después. El matrimonio que iba a ser, la propuesta a punto de pasar, el recién
graduado con ganas de comerse el mundo, el que tenía todo un camino por
delante, el que apenas estaba saliendo adelante. Se fue abajo mucho. Pero queda
la esperanza, que dicen que es lo último que se pierde. Y yo prefiero creer que
también es lo primero que hay que sostener con las dos manos, porque de ahí es
de donde se levanta todo lo demás: las casas, los negocios, los sueños, y
también nosotros.
Y antes de cerrar,
necesito decir gracias. Gracias a todos los que se pusieron la camiseta, porque
esa es mi ciudad, es mi país, es mi nación. Gracias a quienes no se quedaron
solo grabando, sino que estuvieron allí, apoyando, llevando lo que tenían así
fuera poco. Gracias a esos influencers que de verdad fueron influencia, que
usaron su alcance para algo que valía la pena. Mi admiración entera para mis
amigos que estuvieron en las zonas afectadas y también para los que trabajaron
detrás de escena: este escrito está dedicado a cada uno de ustedes, a los que
vi en sus estados, en sus ayudas, en sus lágrimas y en su angustia. Valientes
que, a pesar del dolor, la frustración y el miedo, no dejaron de ayudar con lo
poco o con lo nada que tenían. A los que fueron acopio de ayuda, a los que
todavía siguen ahí, a los que sin importar cómo estaban, igual corrieron a
ayudar. Y también gracias a los que llegaron hasta donde su cuerpo y su paz se
lo permitieron, porque aunque ya no dieran más, hicieron hasta donde pudieron,
y eso también merece admiración. Gracias a mi familia, que logró sostenerse y
salir adelante, y gracias a Dios por cuidarlos a ellos y a mis amigos. Pero
también le pido a ese mismo Dios que les dé fuerzas a quienes lo perdieron
todo, y no hablo solo de lo material: que les dé fuerzas para volver a nacer y
volver a vivir.
Posdata: yo ya sabía
que teníamos payaso central en el circo blanco. Pero este va camino a ganarse
el premio al mejor payaso de todos.

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